Moderado por Anna Cohen, tesorera de IDEA y presidenta del Grupo Cohen, su panel se centró en una pregunta crucial: ¿qué condiciones debe cumplir Argentina para obtener el grado de inversión, la categoría que permitiría a grandes fondos internacionales adquirir su deuda? Para abordarlo, Goldberg desglosó la calificación que Moody’s otorga al país, comparándola con la de Nigeria, El Salvador y Ecuador, que tienen notas similares. Analizando la situación actual —es decir, la riqueza, el desarrollo y la fortaleza económica—, Argentina debería obtener el grado de inversión. Sin embargo, el problema radica en la historia. Los defaults y el incumplimiento de contratos le restan tres escalones, reubicándola en la categoría de riesgo especulativo. “El pasado te condena de alguna manera”, sintetizó.
Otro aspecto que incide es la relación entre la deuda externa del Estado y su deuda total. El Gobierno recauda en pesos pero se financia en dólares, generando vulnerabilidad por el desbalance de monedas. Gospel afirmó que este indicador también empuja al país al nivel de subinversión, una penalización que no enfrentan los otros tres países comparados. La debilidad del mercado local también representa un reto. Argentina fue parte del GBI, el índice de bonos en moneda local más utilizado por inversores internacionales, pero salió en 2011 debido a problemas con el INDEC. Regresó en 2017, pero fue excluida nuevamente tras el default de la deuda en pesos y el regreso del cepo. Actualmente, su representación en el índice es casi inexistente, mientras que Colombia ocupa un 1,9%.
La institucionalidad también carga con su propio diagnóstico. Goldberg mencionó la independencia del Banco Central, la credibilidad de los datos oficiales, los litigios por los cupones ligados al PBI y el cumplimiento de las reglas. Destacó la creciente aceptación de que el país no puede contar con déficits fiscales elevados y que la emisión monetaria no genera riqueza. Los beneficios de mejorar la calificación serían inmediatos. La relación entre calificación y riesgo país presenta una pendiente pronunciada al inicio, lo que significa que las primeras mejoras conllevan reducciones significativas en el costo de financiamiento. Los países que alcanzan el grado de inversión pagan menos de 200 puntos básicos sobre los bonos del Tesoro estadounidense, mientras que Argentina se encuentra en alrededor de 600.
Recordó que en 1994 se escuchaba que Argentina no era México, señalando que ahora “me gustaría ser México”. Una calificación a la altura de la mexicana proporcionaría acceso casi automático a un mercado de capitales más robusto y duplicaría su representación en los índices, sin considerar el impacto sobre la deuda de las empresas. Según Goldberg, la calificación soberana actúa como un límite, un “código postal” que restringe la capacidad de endeudamiento de las compañías. Advirtió que la competencia por capital es cada vez más intensa, dado el creciente escepticismo sobre la deuda de Estados Unidos y Francia, y las empresas tecnológicas que requieren inversiones millonarias.
En este contexto, valoró la mejora de las cuentas externas, impulsadas por los sectores energético, minero y agropecuario. Si bien Colombia había perdido y recuperado su grado de inversión, y Paraguay lo había obtenido, el verdadero desafío para Argentina radica en demostrar un cambio en su historia. La clave, insistió, es reducir la volatilidad. Los inversores están atentos a las acciones de los argentinos antes de cada elección, cuando se refugian en el dólar. “Si el local desconfía, ¿por qué tendría yo que confiar?”, interrogó. Como ejemplos, mencionó a Perú y a Uruguay, países que transitan cambios políticos sin alterar las reglas fundamentales. “Lo mejor que queremos hacer es comprar un bono y olvidarnos”, concluyó.









