Era enero de 2026. Desde el primer intercambio de mensajes hasta su primer encuentro pasaron apenas dos o tres semanas. Las visitas de Jorgelina al hospital se repitieron, así como largas charlas, complicidad y una felicidad que emergió con rapidez. Pronto decidieron comprometerse, en un emotivo momento también en el hospital.
Victoria preparó una sorpresa con la ayuda de un guardia del hospital, donde le leyó unas palabras a Jorgelina. Posteriormente, Jorgelina organizó una pequeña celebración con globos para dar la bienvenida a Victoria. Así comenzaba la historia de amor de estas dos mujeres, que ahora anhelan dar un paso más: casarse y vivir juntas.
Jorgelina, de 37 años, reside en Godoy Cruz y presenta acidosis láctica mitocondrial congénita con encefalopatía no progresiva, una condición que requiere asistencia continua desde que tenía seis meses. Durante años, su gran anhelo ha sido alcanzar una vida más independiente. Ha estudiado, trabaja en la Legislatura de Mendoza y ha aprendido a escribir con un puntero en la boca cuando su motricidad le ha dificultado hacerlo de otro modo. Actualmente, desempeña sus tareas desde su hogar.
Victoria, de 35 años, vive en Guaymallén y padece parálisis cerebral secundaria, que afecta su brazo derecho y sus piernas, además de sufrir dolores crónicos. Aunque comenzó a estudiar Derecho, no pudo concluir la carrera y actualmente cohabita con una amiga y el hijo de esta. Recibe una pensión por discapacidad.
Ambas han tenido otras relaciones en el pasado. Para Jorgelina, esta es la primera vez que se enamora de una mujer, y para Victoria, este vínculo es diferente a todos los anteriores. “Encontré el amor verdadero. Fue fuerte y espontáneo”, expresa Victoria. Al reflexionar sobre lo que la atrajo de Jorgelina, no se limita a su discapacidad ni a las dificultades que ambas enfrentan, sino que habla de la esencia de Jorgelina.
“Me enamoró su calidez, su bondad, su sinceridad, su apoyo y su paciencia”, añade. Por su parte, Jorgelina manifiesta: “Me enamoré de su manera de ser, su carácter, su mirada, su corazón y su alma, además de su belleza. Cada día me fascina más su dulzura y ternura. También admiro su forma de ver la vida y lo luchadora que es”.
No obstante, su historia de amor enfrenta desafíos. Aunque el amor surgió rápidamente, la posibilidad de construir una vida juntas resulta más complicada. Jorgelina reside con sus padres en Godoy Cruz y Victoria en Guaymallén, lo que hace que organizar sus encuentros requiera considerable esfuerzo. El traslado de Victoria en auto es complicado, implicando una maniobra que a menudo necesita asistencia, lo que puede ser doloroso y desgastante.
En muchas ocasiones, es Jorgelina quien viaja hasta la casa de Victoria, ya que sus encuentros son escasos, realizándose cada dos o tres semanas. Sin embargo, ya han encontrado un lugar donde podrían vivir juntas, aunque necesitan conseguir el apoyo de un cuidador.
“Queremos casarnos”, dice Victoria. “Tenemos un lugar donde vivir, pero no podemos planear nada hasta que consigamos un cuidador o cuidadora”. Este deseo, que parece simple, oculta una discusión más profunda sobre la autonomía. Para ellas, el amor no es el problema; ya está consolidado, pero requieren los recursos necesarios para convertir ese amor en una vida diaria compartida.
Ambas han enfrentado prejuicios. Victoria aprendió desde pequeña a lidiar con las miradas ajenas y los juicios sobre su vida. A pesar de que le ha dolido, ahora intenta restarle importancia. “La idea es derribar prejuicios. Quienes juzgan deben conocer la esencia de las personas. Lo que realmente importa es lo personal y lo espiritual. Somos esencia”, asegura. Y añade: “No presto atención a quienes me juzgan, ya estoy acostumbrada a eso y sigo luchando contra la discriminación”.
Jorgelina también ha sentido el impacto de la discriminación. Cuando estudiaba Relaciones Internacionales en una universidad privada, decidió abandonar la carrera debido a la exclusión que experimentó por parte de algunos compañeros y docentes. A pesar de tener un promedio destacado y buenas calificaciones, recuerda haberse sentido invisible en ese entorno.
A lo largo de su vida, ha enfrentado su discapacidad, pero actualmente desea que el amor ocupe un lugar central en su vida. “Mientras estemos bien y juntas, todo lo demás no importa”, afirma Jorgelina respecto a los prejuicios, admitiendo que existen y a veces lastiman.
Recientemente, Jorgelina mostró que el amor para ella va más allá de las palabras. Cuando Victoria necesitó un elevador y no podía costearlo, Jorgelina lideró una campaña solidaria para recabar fondos y ayudarla a obtenerlo. Como en otros momentos, no se quedó de brazos cruzados.
Años atrás, Jorgelina había manifestado su deseo de vivir de manera más independiente. “Sueño con una mejor calidad de vida, con la posibilidad de vivir sola o con alguien que me asista, pero con mayor independencia”, declaró. Ahora se encuentra abogando para que su pareja pueda conseguir una silla de ruedas especial que mejoraría su calidad de vida.
La historia de Jorgelina y Victoria no comenzó con una cita convencional o un largo noviazgo, sino con mensajes por Facebook y un encuentro en un hospital. En pocos meses, pasaron de ser desconocidas a imaginar juntas un futuro matrimonial.
Todavía les queda por resolver detalles sobre la vida cotidiana, la asistencia que necesitarán y cuándo podrán mudarse, pero el compromiso y la decisión de intentarlo ya están presentes. “Queremos derribar prejuicios”, repite Victoria, una frase que simboliza su deseo de reivindicar el derecho fundamental de enamorarse, elegir, convivir y construir una vida juntas, algo que debería ser tan natural como para cualquier otra pareja. Ellas no solo relatan que, a pesar de sus discapacidades, encontraron el amor; cuentan, de hecho, que se han enamorado.









