“No sea pelotudo, quiere. No llore que usted no le debe nada a nadie”, habría dicho Dios a su embajador en la Tierra. “Cuando se calme va a entender. Usted no quedó en deuda. Es al revés. El mundo está en deuda con usted”. Se dice que Messi mantuvo el silencio, posiblemente porque no había respuestas a sus pensamientos.
Como de costumbre, aunque Messi ha sido el último gran ícono del fútbol, reconocido hasta que surja un nuevo talento comparable, Dios no quiso conceder la última alegría a su embajador. Puede que tenga sus razones, pero es innegable que Leo deja su carrera con honores.
Es probable que aún participe en algún partido con la selección nacional. Si la AFA, ciertos patrocinadores que se beneficiaron de su talento o aquellos favorecidos por su magia a lo largo de dos décadas cuentan con la sensatez necesaria, seguramente organizarán una despedida a la altura de su legado. Desde aquel partido de juveniles contra Paraguay en la cancha de Argentinos, que garantizó su lugar en la selección y evitó que lo captara España, hasta su última actuación. En el medio, vivió mil historias: momentos de alegría, tristeza, triunfos y derrotas. Estas últimas lo llevaron a pronunciar “ya está, no va más” en el mismo estadio de Nueva Jersey tras perder la Copa América contra Chile y a un nuevo “ya está” tras consagrarse campeón en Lusail frente a Francia, hace apenas tres años.
Resulta frustrante tener que referirse a Messi en tiempo pasado, pero esa es la realidad. Le hemos demandado todo y nos ha brindado lo que pudo. Pedirle más sería ridículo. Leo ha traído felicidad a un país que siempre enfrenta crisis, con poco orgullo y pocos referentes para sentirse bien representado, salvo que se alude a héroes históricos, escritores, pintores, músicos, médicos y científicos, o millones de anónimos que luchan día a día con pocas recompensas.
Esa ha sido la esencia del futbolista Messi: un generador de recompensas, un reparador de injusticias, un salvador de almas perdidas. Desde su arte en el fútbol, como lo definió Valdano, hizo del fútbol “lo más importante de lo menos importante”. Además de vestir la celeste y blanca, rescató a almas solitarias y demostró ser un ícono para varias generaciones. Ahora, son esas generaciones las que están en deuda con él, y no él con la multitud de argentinos.
Ser Messi no debió ser fácil, soportar en sus hombros y con su pie izquierdo las frustraciones de millones, buscando que su talento pueda mitigar tantas quejas merecidas. Ahora, al final de su trayectoria con la selección, es fundamental ser justos y reconocer todo lo que se dijo (o pensó) en épocas de escasez de victorias y derrotas repetidas. Muchos criticaron su falta de emoción, su supuesta lealtad a España, o su vinculación con la camiseta.
Sin embargo, ese mismo Messi, paso a paso, gota a gota, rehízo su historia. Como un boxeador que se levanta tras una caída y logra salir victorioso, Dios tuvo razón al despedirlo con un mensaje a sus últimos críticos: “Andá pa’ allá, bobo”.








